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tabaco mariposa
10:57 PM, 4/2/2010
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–poesía-, María Elena Anníbali. caballo negro editora. Córdoba. 2009. 42 págs. tabaco mariposa es el segundo libro publicado de María Elena Anníbali, se trata de un poemario compuesto de veintidós poemas que, como el primero de su autoría, se caracteriza por tener una fuerte unidad como libro. En el primero, Las madres remotas, los poemas estaban enunciados por mujeres (algunas reconocidas, otras ignotas) y puestos en una serie que limaba jerarquías y dejaba elevar la singular voz de cada una de estas hermanas de género que la autora transformaba en sus madres. Ese recurso unificador a la vez formal y temático (poemas de y por mujeres) no se reitera en tabaco mariposa, sin embargo es posible hablar de una figura preponderante que se construye y unifica la serie a medida que ésta se va desarrollando. Se podría tomar como punto de partida para comenzar a delinear esta figura el poema “tabaco mariposa”. Allí tenemos este comienzo: “aprendí a fumar con rubén enrollando tabaco mariposa en papel de seda lo hacíamos de noche sentados en un escalón de la casilla mientras a nuestros pies sus lánguidos perros soñaban con la sangre dulce de las liebres en los montes cercanos” (p. 13). Desde una perspectiva que privilegie la unidad del libro, se podría decir que todo lo que tabaco mariposa es y nos dará poema tras poema está en estas dos estrofas. Primero, una voz femenina; segundo, un momento actual de enunciación en tensión con un pasado en el que una niña comienza a dejar de serlo. Tal vez una de las formas de nombrar la salida de la infancia sea mencionando la adquisición de la conciencia de la muerte, es posible que a ese descubrimiento sea al que se alude cuando se dice: “la muerte comenzaba/ a besarnos los ojos” -p. 22-. En tercer lugar, hay un ámbito rural o semi rural (un pueblo chico) que se dice de muchos modos y tiene una presencia masiva en los poemas aunque prácticamente no haya ninguna descripción extensa de los espacios. Alcanza la mención puntual y precisa, el detalle señalado como al pasar por el lugareño, para que el campo en su totalidad aparezca. Este procedimiento de relación parte-todo es visible en el pasaje citado; el “escalón de la casilla” es el campo, pero también lo es un silo, un alambrado, una vaca, el tanque, la soja, el roundup, un caballo, el pajonal de las gallinas cluecas y el aleppo mencionados en los demás poemas. Vinculado al campo, tenemos también una característica que podríamos denominar como la presencia de la naturaleza en estado puro y, en ella, la exhibición desnuda de los ciclos, la irrupción de lo salvaje, el trato entre y con los animales, los cuerpos humanos actuando en la frontera de los ritos culturales que presiden la vida cotidiana y precodifican las emociones. En el pasaje citado están los perros que sueñan con la sangre dulce de las liebres. Esta mención resulta de gran importancia porque pone al descubierto la simpleza y el carácter implacable del instinto y de las leyes naturales (esto se ve también cuando llega la creciente, por ejemplo). Sin embargo en tabaco mariposa no se trata de la naturaleza, el campo, como un telón de fondo para los seres humanos. Más bien, la clave del libro está en el hecho de que los personajes se relacionan movidos por una lógica que los integra a la naturaleza y que, por lo mismo, da lugar a una experiencia del mundo sumamente intensa y sin mediación de los frenos de la sociabilidad, todo lo cual hace que muy difícilmente se pueda repetir en un contexto urbano y en un mundo adulto. En “mañana de verano” una niña de siete años se tira al tanque desnuda y es mordida por unos peces pequeños. Dice: “hubo algo carnal en la manera/ en que los dientes/ y la sangre de todos/ se mezcló (p. 25). En “la niña de aprender” leemos: “el jugo caía, dulce y fresco/ sobre las rodillas de vos/ de mí/ y nos reíamos al abrirnos/ las blusas/ y mostrarle los pechos nacientes/ al sol” (p. 21-22). A la vez que se descubre la carnalidad de los cuerpos se da la experiencia gozosa de entrar en contacto con lo que está alrededor, ya sea el agua, el sol, una fruta u otra persona. Esta vivencia desarticula la división naturaleza-cultura ya que la chica y sus amigos se vinculan todavía por fuera de los patrones de conducta que la sociabilidad adulta observa e impone a rajatabla. Por eso nunca se trata de “poemas de amor” por más que haya situaciones que podríamos llamar eróticas. No se trata de encuentros ceñidos a los protocolos culturales sino simplemente de cuerpos que se tocan, del descubrimiento de los perfumes, de la aproximación entre seres que obedecen a su apetito y a la potencia de su curiosidad. A veces, esto transforma al sexo en algo sencillamente brutal: “así te llamaban, deolinda,/ los que iban a coger con tus trece años” (p. 21). En otros casos, el deseo del otro se explora en soledad, como en “tabaco mariposa”, poema en el que la chica usa los restos de jabón que dejó rubén, el peón que parece haberla iniciado, al irse. Aquí el cuerpo deseado tiene una fragancia que lo liga a la tierra, es “como los eucaliptus/ cuando los moja la niebla”. (p. 14). Aun cuando pasa el tiempo y se evoca a una antigua pareja casi siempre se soslaya el tema y hasta la palabra amor. El poema “razones de gravedad” explora ese antiguo tópico en el que alguien recuerda a un amante perdido. Pero en lugar de recaer en las fórmulas consabidas, en el “romanticismo”, la voz que enuncia y evoca dice que en realidad “todo es más sencillo”; no hay amor sino sólo una función de la memoria, un acto fisiológico que trae del pasado el recuerdo de una música y de un cuerpo. Hay una frase de Marcelo Cohen que dice: “antes creía que la excitación es atributo del afecto amoroso, cuando tal vez el afecto amoroso sea la alegoría de una fuerte atracción sexual”. En este poema de Anníbali se sabe, pareciera, que el amor es ese invento, esa alegoría postrera que justifica algo que obedece a una ley de la naturaleza, del mismo modo que la caída de los cuerpos obedece a la ley de la gravedad: “pero no pienses en el amor lo mismo corre el agua sucia hacia la cloaca y es sólo un efecto de la gravedad” (P. 24). Sin embargo, en la acumulación de poemas que ponen en escena un yo-tú los personajes rozan peligrosamente las figuras clásicas sobre el tema amoroso: el amante que se vuelve esclavo (“obediencia”), el amante que quiere retener al otro no sin riesgo de sacrificarlo (“así de fácil”), el amante como cazador, como depredador (“ahora que llueve”). Después de estos apuntes más o menos descriptivos se puede afirmar que tabaco mariposa exhibe la construcción de una figura femenina que queda definida positivamente por su desajuste con el contexto en el que habita, esto se debe a que persiste en ella un apego a un tipo de experiencia de lo real adoptado en la preadolescencia y que quedó como modelo de intensidad, pureza y libertad; dicho modo de estar en el mundo entra en conflicto con lo que llamaríamos una vida “normal”, caracterizada en el libro por el sometimiento a prácticas que estandarizan, que literalmente borran a los sujetos en tanto que tales. Esta impugnación de la vida normal es radical y se infiere principalmente de dos pasajes puntuales. El primero de ellos figura en el poema dedicado a un personaje llamado “lalo, el uno”. Para Lalo “no hubo esposa/ cacerola de bronce/ gato/ niño amaestrado” (p. 7). El que no tiene esposa no tiene los objetos que el matrimonio supone (aquí de nuevo la cacerola es una sinécdoque de todo lo que hay que tener después de casarse, del “ajuar” completo); por su parte, el gato acá no es un animal como son los caballos, las gallinas y los perros de los otros poemas, en este caso el gato es un índice de una forma de vida estereotipada, es, por más que tenga sangre en sus venas, un gato de peluche, un adorno de un decorado. Por último el adjetivo “amaestrado” adquiere una violencia tremenda porque dice que la “crianza”, la “educación” que en nuestra cultura se les da a los niños los anula, los deshumaniza, liquida su libertad, no les da ningún margen para que no sean sino un estereotipo, así como un perro o un tigre amaestrado no tienen ninguna marca de singularidad sino que son cuerpos moldeados para cumplir ciertas acciones prediseñadas. El segundo pasaje que muestra el contraste entre lo que podríamos llamar la vida “real” reivindicada por la voz femenina (la vitalidad, la intensidad, la libertad, la entrega a la pulsión) y la vida “normal” aparece en “lo mismo digo agua que palabra”, poema en el que se cuenta que la niña iba a jugar en su infancia a un sitio baldío con otro chico llamado Mauro Lesjtch. Pasaron los años y se nos dice que “mauro es un hombre ahora/ ha hecho dinero, hijos/ sólo persisten en él/ los ojos oscuros/ con pestañas de muñeca” (p.17). De esta estrofa se infiere que del chico que jugaba no quedó más que una señal física, como un rastro imperceptible de un ser que sucumbió a mandatos externos, en este caso resumidos en dos cosas: “hacer plata” y, con la misma tácita expresión, “hacer hijos”, frase que afirma la deshumanización del acto que en nuestra cultura es tenido por lo humano por excelencia, dar vida, tener hijos, educarlos. Sin embargo, aquí la paternidad de Mauro queda reducida a una concesión más hecha al sistema por parte de un autómata cuya individualidad se desdibujó en la adaptación a un molde. En realidad esta impugnación se da no tanto porque abunden las críticas a lo que llamé la vida “normal” sino porque se afirma permanentemente su contracara. Muchos de los poemas muestran el descubrimiento de esta realidad vital deslumbrante, los seres que la habitan, las primeras incursiones en él, su descubrimiento inolvidable de la mano de la madre. Uno de ellos es “el paseo”: “madre me llevaba de la mano/ por el terraplén oscuro// decía:/ esa es la bomba de agua/ el perro amarillo, ése, no lobo/ ahí las parvas (p. 9). Otro es “la brecha en el cielo”, comienza: “mi madre me daba de beber sus pechos/ y me enseñaba el mundo”. Y más adelante: “entonces se me agrandaban los ojos/ y a los diez años se podía decir/ que cubrían el patio/ la ruta nueve sur/ las autopistas donde pacían vacas/ los incendios de las sierras” (P. 35). Estas escenas de descubrimiento son siempre situaciones del pasado, y ese pasado la mayoría de las veces contrasta con el presente (se podría pensar en el poema “la sospecha”, en el que se dice que “aquí hubo caballos” y ahora en cambio se “escucha el frufrú de la soja”). Pero si entre pasado-presente hay quiebres, esos quiebres son más bien externos, porque en la figura femenina que se va armando a lo largo del poemario hay una línea de continuidad; la chica que descubre el mundo en la infancia arrastra hacia el presente una ética de la experiencia intensa y libre que es el origen de su rebeldía y desajuste con el mundo. Hay dos poemas en lo que esto se hace explícito. El primero es “en el pavimento”, en el cual se cuenta cómo y por qué la gente mata a las perras (“no soportan la libido gloriosa (…) el olor rijoso del orín” –p. 19-). Y cuando se nos dice que las perras muertas son dóciles al entrar en las bolsas de naylon la enunciadora agrega: “conozco esa mansedumbre de haberla ejercido”. Pero luego, en un remate de poema que es una clave del libro, dice: “pero yo mordí la mano/ y ahora tengo esta libertad/ grande/ en que me asfixio” (p. 20). Hay otro poema en el que la voz femenina se equipara a una perra: “somos hermanas, perra” (p. 11). De allí se concluye que la voz femenina queda figurada en el animal libidinoso que dispara el brutal rechazo de la gente “normal” aunque se aclara que se trata de un animal que supo conquistar su libertad. El segundo pasaje clave en este sentido está en el poema ya citado “lo mismo digo agua que palabra”. En él se cuenta que los chicos daban vueltas empujando un malacate alrededor de un pozo como si fueran caballos ciegos. Si uno de los dos creció y lleva una vida acorde a las expectativas de un adulto normal (tiene plata y familia), la voz femenina afirma: “yo sigo atada/ al hábito de esas tardes/ caminando el círculo del pozo/ jugando al animal ciego”. (pp.17-18). De nuevo el animal, no la perra sino el caballo, pero sobre todo, de nuevo y fundamentalmente aquí, la continuidad de una actitud, la prolongación de un juego (un “hábito”) que no hace más que tornar más real un dolor, una carencia (la sed) que en la infancia era fingida, “de engaños” hubiera dicho César Vallejo, cuando evocando al hermano muerto “escondido para siempre” evoca el juego infantil de las escondidas. Un mismo juego, un mismo sentimiento, pero amplificado por la realidad del adulto que no tiene el margen de la fantasía para atemperar el dolor. Como suelo decir de los libros que leo, tabaco mariposa no es (sólo) esto, hay algunos poemas que difícilmente estén contenidos en la figura que hemos visto emerger durante las sucesivas lecturas (principalmente el extenso poema final “hiroshima”). Sin embargo quise mostrar la dirección principal por la que los poemas me fueron llevando, esos caminos por los que mi instinto de lector de poesía vagó libre y gozosamente colmado.
Pablo Dema Letras modernas; David Joel Voloj; Ediciones Recovecos (Cba.); 110 pág.Conocemos muy bien esa sensación de que no nos damos cuenta de algo que es a todas luces evidente hasta que no lo vemos escrito o hasta que alguien nos lo dice. Una de esas cosas totalmente obvias en las que sin embargo no había reparado es en la dimensión valorativa que es inherente a toda experiencia estética. Cualquier lector, cualquier espectador de una película, todo oyente de un disco comenta, en primer lugar y a veces exclusivamente, aquello que tiene que ver con el juicio de valor que le disparó el encuentro con la obra. A esto lo dice H. R. Jauss en su Pequeña apología de la experiencia estética y se me aparece como una verdad que estaba ahí pero que no veía. No hablamos de un libro, decimos lo que nos pareció el libro y a veces eso es todo. En este blog hay una nota de José Di Marco –“Notas al paso (I)”- que desarrolla este tema y otros adyacentes: la importancia de que el juicio aparezca ligado a un trabajo argumentativo, a un mínimo de reflexión y, sobre todo, la necesidad de hacer un esfuerzo para entrar en relación con obras que no se disfrutan inmediatamente porque revisten cierta complejidad. Este tema del juicio estético y de la pregunta implícita por la calidad de la obra inherente a toda relación con el arte es, me parece, el ámbito en el que se inscribe el libro de David Voloj (1980). Muchas veces tengo la impresión de que las reseñas de libros y también los talleres literarios conllevan un gasto inútil de energía; me parece que nos podríamos ahorrar la lectura de las reseñas que describen un libro y luego lo califican y que también nos podríamos ahorrar el trabajo de llevar un texto a un taller literario para preguntarle al coordinador qué hay que corregir si antes consideráramos lo que Letras modernas. El acápite de Aira que coloca Voloj nos muestra a un personaje diciendo que escribir un libro es algo que cualquiera puede hacer, que basta con escribir muchas frases una detrás de otras para tener un libro. Hay personas que no escriben porque piensan que deben hacerlo bien pero ese imperativo de calidad es una superstición, dice el personaje, porque “quién sabe lo que es un libro bueno o malo, quién sabe lo que hace bueno o malo a un libro”. Si supiéramos de antemano qué idea de la (buena) literatura tiene un crítico podríamos inferir qué opina de todos los libros que lee (con lo cual no hay que ir a leer todas sus reseñas) y, del mismo modo, si supiéramos qué concepción de (buena) literatura tiene el coordinador de un taller ya sabríamos de antemano qué tenemos que corregir de nuestro texto. Creo que Letras modernas pone en evidencia el hecho casi nunca pensado de que a menudo se naturalizan ciertas posiciones desde las que se habla de literatura y utiliza la parodia y el humor como procedimientos principales para desnaturalizar agentes culturales estereotipados. Siguiendo la senda de Sergio Bizzio y de Daniel Guebel (autores que Voloj cita en un cuento inédito, “Felicidades”) pero sobre todo situándose en el camino abierto por César Aira en la literatura argentina (al fin y al cabo Bizzio-Guebel le deben mucho a Aira) David Voloj se construye como un autor que liga risa y lucidez, que tiende hacia un arte literario conceptual en el sentido de que sus textos, más que “obras artísticas”, son artefactos en los que el autor se pregunta por el estatuto del arte literario en el presente, por lo que las “letras modernas” son o deberían ser hoy. De allí que en los cuentos aparezca descripto el proceso mediante el cual alguien se transforma en escritor (el cuento “Letras modernas”), que aparezca la escena de escritura (“Los testigos”), la escritura “de género” y el tema de lo verosímil (“El personaje”) y también la (in)utilidad del conocimiento académico (“Cultura”). Sin dudas el libro es mucho más que esto, pero aun los cuentos que no se relacionan directamente con el tema de la literatura pueden leerse como una reflexión lateral sobre esos mismos temas; por ejemplo el cuento “La gracia de Dios”, en el cual se tematiza la creación a partir del hacedor por excelencia, el inventor del mundo, es decir Dios. No nos parece un detalle intrascendente el hecho de que la “gracia” de Dios puede referirse tanto a los dones divinos como al carácter “gracioso” del creador. Este doble funcionamiento del sentido de una palabra reaparece en el sintagma “miembro de la familia”, el cual resulta ser el miembro viril (“el díscolo gusano de quince centímetros”) y no un integrante de la familia como presupone el lector a partir del título. Esta doble significación de ciertas palabras (el uso de la figura que llamamos dilogía) responde al mismo mecanismo: primero se nos presenta una palabra “inocente”, una palabra más, y luego se revela su doblez semántico siempre irónico o cómico. También leo el título “Letras modernas” según ese mecanismo, el cual designaría la carrera Letras Modernas pero también lo que son efectivamente las letras modernas, la literatura actual: algo así como el fruto del desconcierto, la casualidad y el absurdo legitimado por Otros cuentos, decíamos, también pueden ser interpretados como una declaración o como un “ejemplo” de obras hechas a partir del concepto de literatura que se esboza en los demás relatos. En el fondo, siempre se trata de crear una figura que se superpone a un lugar común para ridiculizarlo. El tema del recuerdo tierno de infancia trasformado en pesadilla en “La revancha” o el tratamiento desopilante de los tópicos ligados a la sexualidad (la iniciación presentada como pederastia, los sueños eróticos presentados como pesadilla, la fetichización del falo llevada al absurdo y la fantasía de la orgía disfrazada de violación para tornarla aceptable) en los cuatro relatos de “El miembro de la familia”. Pero deseo volver al relato “Letras modernas” (y a Aira). Ese cuento es el que se vale de la hipérbole cómica para poner en escena la arbitrariedad de los mecanismos de legitimación que operan en el campo literario y el vacío a partir del cual se define la calidad estética. En este cuento Después de discar, esperé su respuesta jugando con las personas que tenía en la agenda; hacía rimar los apellidos con alguna palabra obscena, separaba los nombres en sílabas, pensaba anagramas, construía nuevas palabras que luego tarareaba al compás de una música infantil. (P. 16). Ese sistema es el que da lugar al libro premiado en Buenos Aires, ciudad que viene a ser el lugar por excelencia de la consagración literaria en Argentina. Si en la frase de Antonio Di Bendetto “soy argentino pero no nací en Buenos Aires” se puede leer una crítica a la cortedad de miras de los intelectuales que ven la literatura argentina desde Estos rápidos comentarios y las derivaciones que la lectura de Letras modernas nos inspiró no quieren agotar ni mucho la significación del libro. Sin embargo son indicadores de lo sugerente que es la “entrada en escritura” de Voloj, quien muestra, cosa no muy común, a un lector conocedor de una tradición y atento a sus contemporáneos inmediatos y a un autor que sugiere que es necesario salirse de formas que estarían agotadas (en primer lugar el realismo) e inventar algo nuevo. En ese sentido creo que, hasta cierto punto, Voloj toma la lección de Aira, la cual, como siempre se dice, no está en un pasaje de alguna de sus novelas sino en la lectura del continuum aireano. Pese a esta afirmación, por todas partes su poética aparece expuesta en ese tono dogmático que lo caracteriza. Por ejemplo cuando dice: “El arte no termina en lo inerte. Es preciso hacer otra cosa, siempre otra cosa (otra más, otra, otra,) con lo que se ha hecho en nombre del arte”. Si es así, si hay que huir hacia delante tan rápidamente como lo siguiere el vértigo de su paréntesis, habría que entender que la verdadera lección de Aira es que debemos ser totalmente distintos a él, porque él ya es canónico, ya es lo viejo. La cuestión sería ésta: ¿ahora que está todo hecho, ahora que Aira es un prócer de las letras argentinas con sus epígonos, sus groupies y sus detractores escandalizados por su falta de seriedad, qué hacer? Pablo Dema Suenan campanas en el cosmos
01:21 AM, 6/11/2009
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Adónde estarán los desaparecidos En una estrella ¿Es roja? ¿una caña en el río un fusil o la medusa de la patria? La mano que escribió para aparecerlos ¿desaparece del orden de las apariencias? ¿Invisibiliza o imbeciliza? Aparición con vida. Las apariciones aluden a seres sobrenaturales fantásticos ¿A otra cosa? Alguien abre una puerta por ejemplo y aparece o estamos sentados en un sueño y aparece ¿es una aparición de la especie o sólo donde desaparece la especie? La memoria ¿tiene mesas y camas? allí actuamos nosotros ¿nosotros? o una parte la partecita de la muerte y la pena de los recuerdos nuestros de ellos ¿a qué nos referimos a la sangre al esqueleto al caparazón ideal? como diciendo la sangre derramada es al esqueleto de la historia lo que la memoria es a la verdad espejo es la memoria la gente las plazas de allí brota su sed de justicia o de las palomas o de los placeros no de los edificios del estado de sus postales sus cerraduras ¿no? Aparición con vida sobrenatural preternatural ni muertos ni nacidos más allá de lo humano lo demasiado humano y el tiempo qué hace haría qué hizo además los llevaba de aquí para allá creo o no había espacio y llovían banderas, estandartes, folletos anuncios, anuarios organizaciones caía el tiempo como margaritas mascaritas. No están en el espacio ¿A dónde asomarán? ¿Tiene países la memoria leyes? ¿Se sientan los superiores de la memoria en edificios neoclásicos y levantan la mano hasta las 30000 estrellas y tocan timbre? (entonces ¿suenan campanas en el cosmos?) Ya van apareciendo de a uno en grupos casitas colegios salas de maternidad en campos fabriles sótanos bares se encuentran con amigos del barrio en los asados departamentitos donde brilla el terror el azor de ese amor ¿Uno por uno hasta que no quede ninguno? ¿Qué harán con ellos cuando aparezcan de la mano y nos miren tan frescos de eternidad tan justos y sabios? Tan jóvenes de no-tiempo ¿Mostrarles las heridas del reclamo los gritos del testimonio nostalgias fotos en los diarios los sellos de las organizaciones sus becas y viajes o nada? preguntas cómo eran los monumentos del duelo imposible los abrazos del aire la mezcla de los huesos la boca de los peces o si su lote del planeta era semejante al nuestro su comida ¿su paz? ¿Si estaban juntos si temblaban cuando la patria… con vida los queremos? … Porque esta patria estos patriotas tan confusa y cansada … tan de comprar y vender este borde del mundo este angulito… Su única última palabra Patria ¿Querrán aparecer? Alejandro Schmidt, de Videla (ediciones Recovecos, Córdoba, 2009) Lo que llama en medio de la noche. Sobre Videla, de Alejandro Schmidt, ediciones Recovecos, Córdoba, 2007, 58 páginas
01:17 AM, 6/11/2009
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¿Qué cabe esperar de un libro de poesía titulado Videla y que lleva la firma de Alejandro Schmidt? ¿De la contigüidad de dos nombres propios que designan facetas tan disímiles de lo argentino: emblema de la barbarie genocida, el uno; seña de identidad de una poética extrema y singular, el otro? ¿Del encuentro de una zona espesamente traumática de nuestra historia política con una escritura que electriza el lenguaje y lo alucina? Ni más ni menos que una colisión, una descarga de energía capaz de alterar nuestras rutinas de lectores, remover nuestras sensaciones y recuerdos y sacudir el polvo del olvido acumulado en los escaparates de nuestra mala conciencia. Videla habla, centralmente, del terrorismo de estado y de sus víctimas por antonomasia: los “desaparecidos” y, en este sentido, es el poemario más explícitamente político de Schmidt y, como tal, constituye un acto de memoria, no sólo artístico sino también cívico. Cuando se trata de hacer memoria sobre los horrores de la historia, la poesía no agrega documentos a los archivos ni aporta pruebas testimoniales de valor jurídico. Funciona, en todo caso, como una dicción alternativa a los lenguajes que el olvido invoca y emplea no sólo para encubrir los crímenes de lesa humanidad y a sus responsables sino para construir consensos que aspiran a desoír los reclamos de verdad y justicia aún incumplidos. Menos que un simple expediente de la memoria colectiva, la memoria que la poesía ejerce interroga el orden del discurso instituido sobre las brutalidades del pasado, esquiva sus falsas pretensiones de totalización, señala fisuras y abre huecos allí donde todo parece estar dicho y, por lo tanto, clausurado. Frente a la homogeneidad de un relato abarcador y completo (ilusoriamente integral y pleno), la poesía parece ubicarse en los resquicios para trabajar con el detritus de las representaciones, con lo que emerge, intempestivo y voraz, y saca de quicio los regímenes simbólicos consolidados. La poesía de Schmidt presta oído a los cuerpos ausentes, a “eso que llevan en medio de la noche y llama. // Llama.”[1] Pero, además, de escuchar los murmullos lacerantes de ese decir irredento y trágico, cede su voz a los silencios urgentes e indispensables: “También hay gritos que no vuelven / y son / vigilia de los muertos.”[2] Por eso la memoria que el poeta y ciudadano argentino Alejandro Schmidt ejerce, en buena parte de este poemario, se vuelve discordante y controversial ya que subraya el hiato, acentúa la discontinuidad que existe entre la ausencia forzada, es decir involuntaria, de unos cuerpos, unas vidas y unas identidades supliciadas y borradas por la crueldad del exterminio, y el término con que nos hemos acostumbrado a nombrarla. “Desaparecido/s”, un participio que abandonó su función adjetiva para adquirir la de un sustantivo que denomina una entidad impropia, lábil y al mismo tiempo aberrante: “No están vivos ni muertos”, escribe Schmidt en el poema “Como una rosa silvestre en el abismo”[3], y la negación retorna acrecentada y doble en “Por algo será”, donde leemos: “No están ni vivos ni muertos.”[4] En “Suenan campanas en el cosmos”, agrega “ni muertos / ni nacidos”[5]. Entonces, ¿de qué se habla (de qué no se habla) cuando se invoca a los desaparecidos? Ese hiato – que remarca el abismo que enajena a las palabras de las cosas, y las presenta como sombras de cuerpos extraviados- también indica que el diálogo entre pasado y presente ocurre en un terreno donde enraíza el malentendido y la comprensión reparadora requiere, más que las buenas intenciones, por parte de quienes todavía pueden oír y hacerse oír, la aceptación de una deuda impaga y el reconocimiento de la impunidad como condiciones necesarias para la construcción de un relato justo sobre el terrorismo de estado, sus crímenes y sus víctimas. A Videla lo atraviesan y tensan estos dos vectores: uno lingüístico, que requisa con puntillosa atención las palabras, sus usos mecanizados y las significaciones fosilizadas que los acompañan, sus supuestas lealtad y adherencia absoluta a lo ocurrido, y otro, histórico, que toma nota de las fricciones entre la disposición a la fidelidad de la memoria y las estratagemas acomodaticias del olvido y privilegia las contradicciones, las dudas y los equívocos cuando se trata de entender y enjuiciar el pasado desde un presente que no es una simple prolongación del mismo, un eco imitativo, sino una época con sus propias oscuridades, discrepancias y desgarramientos. El poema “Suenan campanas en el cosmos” se abre con esta pregunta: “Adónde estarán los desaparecidos”[6], y culmina con esta otra: “¿Querrán aparecer?”[7] La voz que se despliega, entre una y otra incógnita, llama la atención sobre ciertos usos del término “desaparecido/s”. Usos automáticos pero también estratégicos que abusan de la memoria en nombre de las víctimas, las que están privadas de habla, las que no pueden responder motu proprio. Videla discute, o al menos sospecha, de los usos burocráticos del término “desaparecido/s”, riñe, o al menos recela, de las hablas que lo repiten en el contexto de vacuas consignas reivindicativas y lo convierten en un salvoconducto, la contraseña supuestamente incuestionable con que una conciencia -que se proclama progresista- soslaya y banaliza, mediante la mala fe, sus obligaciones con la historia: “y esta especie de celebración / ahora / en donde la agonía / recibe sus corderos / complacida por la banalidad.”[8] Pero Videla también disputa con los usos oficiales, y se distancia así del discurso gubernamental que, apropiándose del dolor de los deudos y de las urgencias de la memoria colectiva, hace de la causa de los derechos humanos y de la figura del desaparecido una política de estado, un monumento de autolegitimación: “espejo es la memoria / la gente en las plazas // de allí brota / su sed de justicia / o de las palomas / o de los placeros // no / de los edificios / del estado / de sus postales / sus cerraduras / ¿no?”[9] En Videla, Schmidt escribe los fragmentos de una memoria díscola, anárquica, insurgente, hecha de ruinas, reclamos y sordinas. Monta sobre ese escenario doloroso el drama de una pregunta impronunciada pero latente: ¿no será que la sociedad argentina necesita un elenco de mártires (de no muertos ni vivos) para lavar su culpa colectiva de indiferencia y complicidad con la dictadura, para desentenderse de las miserias actuales y, de paso, renunciar al compromiso de fundar, al menos imaginariamente, un futuro sin deudas con el pasado, libre de opresiones e injusticias? La interrogación es un procedimiento característico en la poesía de Schmidt, un intervalo de intensidad que suspende todo conato de respuesta terminante y abre el poema, como una onda expansiva, a los lectores, y los envuelve e involucra tensando su sensibilidad y conmocionando su entendimiento. Las preguntas proliferan en Videla, y las preguntas que Videla multiplica rebasan el coto autobiográfico, el perímetro del yo autoral, e interpelan nuestras biografías de lectores: “¿Qué hizo tu heroísmo / tu temor?”; “¿Qué hiciste el 23, / el 25 de marzo? // ¿Qué hicieron con vos?”, se pregunta el yo poético en “¿Qué hacía el mar?”[10], el poema que abre el volumen, para contestar, en “24 de marzo de Quien habla en Videla no se presenta como un testigo privilegiado ni se inviste con las facultades memoriosas de un cronista escrupuloso ni asume la potestad de una conciencia clarividente e impoluta. Se escribe al modo de una voz que, a través de la proliferación de preguntas e imágenes, presenta, como quería Pound, un complejo intelectual y emotivo en un instante temporal. Esas imágenes-preguntas, con las que el yo poético se dice y escribe en Videla, expresan un cúmulo de perplejidades, de desasosiegos, de arrebatos de furia e incertidumbre: “¿A qué vuelven esas palabras / la música / su quemazón / como animales golpeados / contra un techo de patria? // ¿A decir que / sí vuelven? // ¿A preguntar de nuevo?”[12] En Videla, la acumulación de preguntas incontestadas, que se vuelve una cascada de imágenes explosivas y centelleantes, recuerda el concepto de imágenes profanas que Benjamin propone como el procedimiento ineludible para fijar la aparición repentina del pasado en el decurso del presente, su relampaguear en un instante de peligro, su presencia disruptiva. La materia que modela y modula Videla es el recuerdo: esas irrupciones intempestivas con las que el pasado adviene a la conciencia del sujeto, la sacude y descalabra las reconstrucciones voluntariosas, homogéneas y lineales con las que el yo pretende conjugar sus incongruencias y temores. Esta inscripción en el cuerpo del poema de lo que relampaguea para iluminar la peligrosidad de una memoria que se tiende, demasiado segura de sí misma, e ignorante del olvido que la acompaña como una sombra invisible, incide de un modo categórico para que Videla eluda las fórmulas retóricas de la poesía testimonial, sus ilusiones miméticas, sus bajadas de línea moralizantes. Aunque la autobiográfico ocupa un lugar destacado, este libro no se reduce a un catálogo de vivencias que provienen de la aplicación de una perspectiva personal sobre una época peculiarmente traumática de la historia colectiva de los argentinos. Revela, en cambio, la marca típica de la poética de Schmidt, una excedencia de sentidos que sostiene un mundo que el texto (a través de los poemas) proyecta en una retícula de imágenes. La poesía de Schmidt es una experiencia en y con el lenguaje, escritura que agujerea el espesor de las palabras y las desfleca, acontecimiento que trae al mundo, a la urdimbre de lo real, el fulgor de imágenes impensadas y el bisbiseo de músicas extraordinarias. Hechas de recuerdos indómitos y experiencias intransmisibles, las preguntas que Schmidt ensaya en Videla requieren del lector una dosis de experiencia y recuerdo similar. Por eso estos poemas solicitan e intiman; por eso irritan e intimidan. Qué hicimos; qué hacíamos cuando Videla era la patria; qué haríamos si los desaparecidos aparecieran, se preguntan y nos preguntan los poemas de Videla. ¿Qué hicimos, qué hacíamos, qué haríamos? Ustedes y yo. Cada uno de nosotros. Videla no es un capítulo más de la literatura virtuosa que busca (y encuentra) en la memoria de los vencidos y ausentados un amparo o una justificación de la propia incompetencia artística e intelectual; ni tampoco un ejercicio de cinismo posmoderno, que convierte a la historia (y a los afanes y padecimientos de los hombres y mujeres que la sufrieron y afrontaron) en un ingrávido juego textual, la miríada de variantes permisivas e igualmente válidas (porque no hay hechos, sólo interpretaciones, todo vale). Constituye una provocación y un reto a la memoria: a la formateada por los medios de comunicación masiva, a la teñida de corrección política, a la que es objeto de estudio universitario (de programas de investigación, de becas, de tesis de doctorado), a la convertida en agenda de una estrategia oficialista de acumulación de poder. Procede, asimismo, como un llamado a la memoria recóndita, a la más secreta y penosa. A esa partecita del pasado que nos corresponde, y de la que deberíamos hacernos cargo: “o una parte / la partecita de la muerte y la pena / de los recuerdos nuestros / de ellos”[13]. Pero Videla es también un clamor sobre la patria, sobre el derecho y el deber de arrancar esa palabra del limbo de las abstracciones vacías, del dominio de los discursos que modulan los fanatismos conservadores y/o utopistas, de los usos escolares que la fagocitan y endurecen, para convertirla en el nombre vívido de un sentimiento de pertenencia, de un deseo de comunidad, de una pasión emancipadora, tanto individual como colectiva: “la patria es irrenunciable / por eso la perseguimos / en los cuatro elementos”[14]. En este libro, con sus poemas fulgurantes y explosivos, Schmidt efectúa un decir político, escribe las resonancias trágicas del terrorismo de estado, la huella indeleble de los efectos culturalmente devastadores de la dictadura en el aquí y ahora, la ausencia-presencia de los desaparecidos como un reclamo impostergable y un silencio insistente. Y lo dice y escribe en el idiolecto extremadamente singular que caracteriza a su poesía, con el ímpetu de un lirismo que satura la lengua de un voltaje sensitivo y conceptual inauditos. Un verso de Paul Celan, tan inolvidable como enigmático, y quizá por eso mismo inmortal, dice: “Nadie testimonia por el testigo”. A la estela de esa afirmación se anexa Videla. En vez de ocupar el lugar del desaparecido, de usurpar su voz, de mitificar su memoria, Schmidt da testimonio de lo plenamente ausente e irremediable, reconoce una deuda y, a partir de lo que falta, de su vacío y de su súplica, nos interpela con rabia y desazón. Hay una belleza áspera y sincera en las preguntas que restallan en sus poemas, cercana al Vallejo de España, aparta de mí este cáliz. Al igual que el combatiente republicano muerto en el combate, el desaparecido, que la escritura de Schmidt cita (convoca y anota), está lleno de mundos; es un cadáver oculto que abriga, en la inminencia de su lejanía y omisión, vectores de porvenir, vestigios de lo posible, rastros de un deseo rebelde que la escritura de Schmidt se empecina en no olvidar. José Di Marco [1] “Eso que se llevaron en medio de la noche”, pp. 24 – 25. [2] “¿Qué más hacer?”, p. 48. [3] P. 13. [4] P. 22. [5] P. 18. [6] “Suenan campanas en el cosmos”, p. 15 [7] Ibid., p. 21. [8] “Como una rosa silvestre en el abismo”, p. 14. [9] “Suenan campanas en el cosmos”, p. 17. [10] P. 12. [11] P. 28. [12] “Gloria a los héroes de Trelew”, p. 31, [13] “Suenan campanas en el cosmos”, p. 16. [14] “Videla”, p. 34. Hadrones, Diego Vigna; Ed. Recovecos. Cba. 119 págs.A veces me canso de mí mismo, de la autoreferencialidad. Quería decir una palabra sobre este libro y compartirla, pero tengo que excusarme, volver a mencionar que este blog era para ir comentando los libros leídos que valen la pena y que casi nunca escribo porque me exijo demasiado, porque quiero ser completamente exhaustivo, porque le temo al ridículo, a la informalidad, a no estar a la altura. Pero no puedo releer cuatro veces cada libro y pasa el tiempo y no escribo sobre nada y es peor. Así que esta noche que estoy solo y nadie nos ve, Diego, dejame que te diga una palabra sobre Hadrones, un comentario como el que te haría si estuviéramos tomando este vinito juntos, como lo haría si viviéramos en la misma ciudad y te pasaras por casa para decir: “hola puto, perdió Boca, apagá la compu, poné música o prendé un poco la tele y dejá de hacerte el serio”. Me haría bien un poco de compañía esta noche, tuve un día difícil, todo la tarde pensando en la maldita palabra alquiler. Por suerte estuvo tu libro para salvarme el día. Ahí vamos: Son cinco relatos, el último, el que le da título al volumen, es el más extenso (cuarenta páginas). Hay cosas mejores que otras y el último relato sin dudas justifica por sí solo el libro. Pero hay que apuntar que para mí no es un libro desparejo ni rellenado con algún texto que engrosa el volumen pero que es innecesario. Muy por el contrario, los cinco funcionan como trazos imprescindibles para delinear una poética sólida. Poética significa: un programa estético definido, una serie de pautas que un artista se da para darle forma a sus creaciones: serie de principios, moral de la forma, cosas que se hacen y cosas que no se hacen siempre: una marca: una voz propia: un mundo propio. Alguien que escribe es un escritor cuando sabe lo que hace y asume los riesgos, cuando establece un tipo de relación con la lengua y no se aparta de ese vínculo que lo define. Me parece que ese vínculo es originario o primordial, que es un modo de entrar en escritura que afecta al que escribe casi como una marca de carácter. El escritor Vigna es así, o hace esto: habla sobre este mundo, sobre su mundo que es el nuestro. No hay recreación de contextos anteriores, no hay proyecciones de mundos futuros, no hay una realidad atravesada por elementos sacados de cuentos de Lovecraf ni de novelas de King en las que es difícil creer. Estamos acá y ahora: un tipo llega al aeropuerto de Córdoba, otro mira un accidente desde la ventana, un chico pasa unos días en la casa de un amiguito y atisba el cuerpo de la mamá del otro porque el cuerpo de la mujer todavía es un enigma, un oficinista enamorado de una compañera de trabajo que tiene un celular como el que a todos hoy nos maravilla, un muchacho que pasa un fin de semana con su padre en las sierras hace unos días nomás, cuando los europeos pusieron a funcionar el Gran Colisionador de Hadrones para que aparezca la “partícula de Dios”. Todo esto liga en principio esta poética con el realismo, que siempre es una estética que ausculta el latido de un mundo viviente y todavía no disecado por la teoría. He visto citado un concepto de Raymond Williams que es la “estructura de sentimiento”, vale decir, un saber que tienen los sujetos que experimentan un mundo que todavía no está codificado por la ciencia. Tal vez sirva para pensar esta poética esa idea, una literatura que quiere comprender el mundo en el que estamos a través de la percepción de unos sujetos para nada arquetípicos ni excepcionales. La idea de sentimiento nos viene bien y a ella se aviene la principal decisión narrativa de Vigna: el narrar desde una perspectiva que sabe siempre guardar una distancia justa, que no se lanza jamás a teorizar ni a interpretar la realidad es percibida como la perciben los sujetos más allá de que se opte por un narrador que participa de las acciones (“El sueño de Monk”, “La mitad de ella”, “Hadrones”) o que narra desde fuera (“Una pequeña sonrisa de colores”, “Pis”). La cantidad de información sobre el mundo narrado es la clave del efecto de estos relatos. Contar sin explicar, mostrar sin interpretar. Por eso no importan las tramas si no lo climas, las atmósferas creadas, la tensión que se establece entre personajes (entre personas) que tratan de relacionarse sin lastimarse demasiado, que tratan de llevar a cabo el milagro de la convivencia sin enloquecer ni asesinarse unos a otros. Todo lo que la literatura trivial da por hecho, aquí es puesto en tela de juicio desde el comienzo. Aquí no se narra la historia de una pareja que va a tener un hijo ni la de dos amigos que van a vivir una aventura, tampoco se cuenta la historia de una pareja que comienza ni la de otra que ya está consolidada ni la de un padre y un hijo que pasan (tal vez) sus últimos días juntos. Lo que se hace es descubrir que esos vínculos humanos no se dan sino como anomalías, como una serie interminable de fricciones lacerantes en las que destella excepcionalmente la posibilidad de un encuentro. Visto de cerca, reza un dicho popular, nadie es normal. La normalidad que da por sentada cierta literatura que tiende al estereotipo acá es desenmascarada por personajes que, cuando nadie los ve, parecen freaks o pervertidos o desequilibrados, y, al salirse de la normalidad, paradójicamente, se parecen a cada uno de nosotros. Hay mucha ropa interior en estos relatos, de hecho uno puede ir del camisón de la escena en la que Ingrid se desviste para dormir o del calzoncillo de Jani que se ducha antes de la fiesta en “Una pequeña sonrisa de colores” a la bombacha que se quita la chica de “El sueño de Monk” y al calzoncillo de su novio, pasando por el calzoncillito de Franco y la bombacha que encuentra escondida en el fondo de la pileta vacía en “Pis” hasta los breteles del corpiño de Silvina en “La mitad de ella” para llegar a la situación en la que Alfonso huele la bombacha de Apollina o mira la de Beatriz en “Hadrones”. Lo que puede parecer una coincidencia o un detalle trivial se revela al cabo como el resultado de una decisión estética: mostrar a los personajes en la intimidad, enfocarlos de cerca, sin soslayar su curiosidad básica por el sexo del otro y sin dejar de enseñarnos su precariedad, su despojamiento material que es también un índice de su indefensión humana. Estos personajes están solos y desnudos en la oscuridad, olfateando los restos de otros seres humanos con la desesperación de animales; son freaks, es decir, gente común y corriente en un mundo que está peligro y a punto de desaparecer, igual que todos nosotros. Pablo Dema Un canto desviado. Sobre "Vuelve", de Lucas Tejerina
[1] Vuelve, de Lucas Tejerina, Caballo negro editora, 2009, Córdoba, 40 páginas. [2] Vuelve comprende un total de dieciocho poemas agrupados en seis secciones. La primera (“Estos son mis pasos a seguir”), la cuarta (“Anhelo”) y la sexta (“O”) abarcan, cada una de ellas, un solo poema, de allí que en estos casos la sección y el poema que la integra se identifiquen ambos con el mismo título. La segunda (“Campo”) engloba siete poemas, la tercera (“Árbol de nísperos”) cinco y la quinta (“Provincia tristeza”) tres; en estos casos los poemas carecen de título y están separados por asteriscos. [3] Editorial Sobre "Un oso Polar", carta abierta a Pablo NataleQuerido Pablo: el asunto de este mail sería “Todos los mensajes llegan a destino”, que es, según dice un amigo lacaniano, lo que Lacan dice del mensaje del cuento de Poe en ese seminario tan famoso que no leí. Es decir que me llegó por fin Un oso Polar después de una serie un poco sinuosa de idas y venidas por distintas manos. En definitiva ese itinerario del libro le va muy bien al espíritu de tus relatos, a esas historias llenas de baches, de aplazamientos, de apariciones y reapariciones un poco misteriosas. Al cuento “Un oso polar” lo leí, con esta, tres veces. La primera cuando lo mandaste por mail, la segunda cuando un amigo, Marcelo Díaz, me prestó tu libro, y ahora en mi ejemplar. Recuerdo que la otra vez te escribí un mail un poco confuso (y espero que no descortés) explicándote mi desconcierto y ahora te escribo, ante todo, para agradecerte el gesto de mandar el libro y también para comentarte mi lectura. En realidad hace varios días que orbito en torno a “lo que lo tengo que escribir a Natale” y no hago muchos progresos en ese tema. Por eso me decidí a anotar más que nada las sensaciones y las incertidumbres poslectura. De los tres autores de Córdoba que vinieron a Río Cuarto representando a la editorial Recovecos me queda por leer a Alarcón, a Gaiteri sí lo leí con cierta sorpresa porque no lo conocía y le escribí un mail un tanto eufórico porque encontré en él algo que siento que también es mío, algo que entiendo y que me tranquiliza. Personajes al borde de la destrucción, imposibilidad de establecer vínculos más o menos “sanos”, una prosa parca, argumentos pequeños, realismo desencantado, ecos de la narrativa norteamericana (de cierta narrativa, lo poco que más o menos conozco, Salinger, Carver ¿no?). Y si a Gaiteri lo puedo calificar en términos positivos, puedo decir todo lo que es, en tu caso me pasa lo contrario, solamente se me ocurren cosas que tus textos (hablo de los del libro) no son. En cierta forma eso es lo mejor que a uno le puede pasar como lector, hallarse ante algo inédito que te obliga a salirte de lo que tenías en mente, de lo que pensabas que era un libro de cuentos, de lo que se espera que haga un autor joven de Córdoba que escribe hoy. La semana pasado vi, volvía a ver siguiendo la recomendación de tu blog, Historias extraordinarias. Después me puse a buscar cosas sobre Llinás, puse como fondo de pantalla esa imagen de Z, X y H y me dije: este tipo hizo una cosa genial con todo lo que se supone que no hace el “buen cine argentino hoy”. Exceso de voz en off, aventura, tramas complicadas, uso de los géneros masivos, amplio despliegue de producción, entre otras cosas. Pensé que lo de Llinás es algo a tener en cuenta: si uno hace una buena película o un buen libro en la línea de lo que se viene haciendo en un momento, bárbaro, pero mucho mejor es hacer algo en una dirección inesperada. En cierta forma Un oso Polar ingresa así en mi (limitado y arbitrario) sistema de lecturas, sólo que todavía no lo entiendo. Entender para mí significa identificar los procedimientos y describir cómo operan, qué efectos producen, cuáles son sus motivaciones. Obviamente que cuando leo no pienso eso sino que disfruto como cualquier hijo de vecino, pero después quiero entender, y trato de hacerlo a partir de un efecto, de lo que el texto (me) genera. Sería un poco la vieja lección de Barthes con respecto al realismo: por qué cuando leo a Flaubert siento que casi puedo tocar lo real, las gotas de transpiración en la espalda de Emma Bovary, el puro de su esposo aplastado en un plato sucio. Bueno, dice Barthes, porque hay un procedimiento que genera ese efecto de lo real, hay una detención en el detalle, la nominación de todo lo (aparentemente) banal e insignificante. O, para dar otro ejemplo, uno podría preguntarse, por qué cuando leo a Felisberto Hernández siento que estoy como dentro de un sueño, de dónde viene ese efecto. Bueno, por ciertos procedimientos: las personas son como animales (un vendedor de medias es un cocodrilo, una mujer pálida y gorda es una vaca, un caballo encuentra que una maestra se le parece), además las partes del cuerpo humano se autonomizan o se objetivan (una mano es una araña, los ojos del acomodador del cine son linternas), al mismo tiempo las cosas parecen tener vida (unas muñecas autómatas se confunden con personas, un balcón se “suicida”), las escenas suceden en ámbitos oscuros, informes, está la presencia del agua (la casa inundada por ejemplo). Todo eso y otras cosas más generan un efecto propio de lo onírico. Doy estos ejemplos para tratar de dar una idea de cómo leo tus cuentos, según qué proceso. Como te decía la otra vez, me parece que es muy difícil decir algo sobre un texto literario, algo que no sea totalmente obvio o totalmente vacío como un juicio de valor lapidario. Lo más difícil, lo que rara vez se hace, es argumentar con algún cuidado a favor de un juicio de valor (positivo o negativo). Por ejemplo, qué significa que los autores que no nombra Lo Presti en su nota como autores que tiene un proyecto tengamos escrituras “vacilantes”, porque, de última, no “vacilamos” igual vos, yo, Ramiro Prósperi o Javier Quintá y todos los que según Lo Presti estamos de más en la antología. Acá hay que ayudar a la gente a no hacerse mala sangre: una nota que evalúa sin describir y sin argumentar no comunica nada sobre los textos. Un oso Polar ¿Bueno, qué veo de tu libro, qué alcanzo a ver un poco a los tanteos? Una forma de comenzar podría ser decir que hay una continuidad en tres cuentos: “Un oso polar”, “Acerca del verde claro” y “Frío helado sobre la osa mayor”. Es una similitud temática si se quiere, son historias con argumentos afines, son biografías. La de Lautaro Hanz Melzemberg, la de Guillermo Kenny y la de las gemelas Olsen. Lo que me parece que es característico de las tres es el carácter incierto de esas vidas, la información insuficiente, contradictoria, a veces banal y otras veces desconcertante que tenemos de estos personajes. El narrador no participa de las acciones que cuenta, es una suerte de testigo vacilante que se la pasa haciéndose preguntas y que, cuando ha conocido a uno de los personajes (el caso de “Acerca del verde claro”) no tiene información fehaciente sobre nada. El narrador “cree” recordar, escucha que se “dice” algo sobre los protagonistas pero les pierde todo el tiempo la pista. Es como si los relatos ostentaran una aversión a la continuidad, como si exhibieran la impotencia del acto de narrar. En el caso de “Un oso Polar” y de “Frío helado sobre la osa mayor” se trata, más que de la historia de un personaje, de sagas familiares, de historias de padres, hijos, hermanos, tíos y sobrinos que se dispersan por el mundo a medida que transcurren los años. Se los ve aparecer y reaparecer en distintos lugares desarrollando actividades insólitas, enviándose cartas o fotos (se incluyen también esas fotos familiares en algunos casos) y separándose otra vez. También los personajes secundarios tienen esa identidad difusa y una pulsión errante que termina dándoles un estatuto fantasmagórico (pienso en la “chica checa”, por ejemplo). Si uno intentara aplicarle alguno de los modelos de análisis diseñados por los narratólogos franceses a estos textos, si quisiera dar cuenta, por ejemplo, de la “lógica de los posibles narrativos” o exponer las “acciones cardinales” llegaría a la conclusión de que en este libro no hay nunca continuidad, no hay orden, no hay causalidad visible, no hay coherencia, no hay una historia completa y no hay tampoco la menor intención de crear universos verosímiles que nos hagan pensar que se trata de historias que podrían pasar en el mundo real. Se trata más bien de poner en evidencia el artificio, la irrealidad de estos mundos de ficción acentuada por el aire exótico de los personajes, su extranjería, sus nombres que generan inmediatamente una impresión de extrañeza para el lector argentino (Ordalia, Taleena, Hans, Mel, Bavario, Alba Quincy). Por eso desconcierta la palabra “realismo” que figura en la contratapa caracterizando la poética del autor. Más allá de que se diga que es un realismo nostálgico (¿?) y “distorsionado”, la palabra realismo implica una voluntad de mimesis, de algún tipo de ajuste entre la ficción y el orden de lo real que en estos relatos está deliberadamente ausente. Es más, en “Frío helado…” se usa un recurso que radicaliza la distancia con respecto al realismo ya que hay un personaje que escribe literatura (la menor de las hermanas Olsen, Taleena) y que inventa a un personaje (Nikita) que luego se le aparece en el plano de la realidad a la otra hermana Olsen, Anne Merié. Hay, diríamos, un plano ficcional y uno metaficcional y hay un paso, una transgresión inexplicable de uno al otro plano. Ese recurso, esa figura que suele ser caracterizada como metalepsis, aparece con frecuencia en la literatura fantástica, en “Continuidad de los parques”, por ejemplo. Hay un pasaje de “Frío…” que en principio podría ser tomado como una clave interna del relato (y tal vez de todos los relatos) en la que se establece una distinción entre el mundo “real” y el mundo “posible”. Y la diferencia que hay entre el mundo real y el mundo posible es que en el posible “sucede exactamente lo mismo (que en el mundo real), pero al mismo tiempo al revés”. Al final de ese pasaje el personaje que da la explicación pregunta “¿Se entiende?” y a continuación hay unos puntos suspensivos correspondientes a la intervención del que recibe la explicación. Ese silencio significa que no, no se entiende porque el mundo posible se define en términos aporéticos o paradójicos. Sin embargo esta imposibilidad de comprender ya no debería sorprendernos a esta altura porque unas páginas atrás el narrador había advertido que la historia sería incomprensible a partir de ese momento: “Hasta aquí la parte comprensible de la historia de las gemelas Olsen”. Hay otro recurso que acentúa esta sensación de que los textos no nos arrojarán a la tierra firme del sentido cuando lleguemos al final de la lectura sino que nos dejarán zozobrar en las siempre angustiantes aguas del desconcierto, me refiero al uso de los acápites y dedicatorias que preceden a los cuentos. Son muy diversas las funciones de los acápites pero por lo general, en la mayoría de los libros, tienen la función de dar una clave interpretativa y contribuyen a cerrar el sentido de los textos. En ese sentido me parece que, de las utilizadas en Un oso Polar, la que precede a “Frío…” es la más productiva para el lector: “vivía el arte como un sacrificio”, firmada por “S.K” (¿Sören Kierkegaard?). Se puede conjeturar que la frase se aplica a Taleena Olsen, la escritora que un día quema junto a su novio hacker su obra en una hoguera. Pero antes está esta dedicatoria “para la gente de la ciudad perdida” que es de muy difícil interpretación. Hay otro acápite, inferimos que del texto “El narrador” de W. Benjamin (también firmada con iniciales); una frase de W. Stevens (“la lengua es un ojo”) y otra que parece ser de Coda Espero que todo lo anterior no te resulte algo así como la obra de un lunático de pocas luces. Lo hice de este modo porque quería dar una respuesta sincera a tu gesto de enviar el libro. Me bastaron dos minutos de conversación con vos para animarme a hacerlo poniendo a prueba tu tolerancia ante un texto tan poco amable como el mío. En verdad necesitada hacerlo así, con honestidad, sin caer en el “sí dieguismo”, como dice Fabián Casas, en la palmadita en la espalda. Tengo la impresión de que en general (y hablo también de los periodistas y de los “jóvenes escritores cordobeses”) se lee muy por arriba y luego se hacen cometarios vagos y llenos de suficiencia, como si diéramos por hecho que ningún libro nos perturba, que todo está perfectamente digerido y procesado. Me ha tocado estar en una mesa de escritores en la que alguien dijo que tu libro era buenísimo y por detrás escuché un coro de personas que repetían que efectivamente lo era. Creo que decir eso sin hacer ningún comentario posterior, cuando se está entre gente que escribe literatura, resulta por lo menos intrascendente, del mismo modo decir que un libro es una porquería sin dar ningún argumento. Por lo menos el que denosta lo hace por envidia, que de última es un sentimiento que puede resultar más puro (más pueril al menos) que la pereza intelectual del que dice que disfruta de algo que no tiene la honestidad de leer a fondo. Tengo la sensación de que prima la superficialidad y hay una tendencia elevar súbitamente al estrellado a un escritor a partir de una contratapa o de una reseña en un suplemente de Buenos Aires. Pareciera que los escritores, y lamentablemente sobre todo los que estamos empezando, nos la pasamos esperando que Andrés Rivera o Piglia o cualquier escritor de renombre nos dé una frase que nos eleve al estrellato. Está bien buscar el consejo y la aprobación de escritores los escritores mayores admirados, no digo que no, lo que me parece mal es usar la firma de alguien como una marca de certificación de calidad, como si eso nos evitara el trabajo de pensar por nosotros mismos cuál es la literatura que importa y por qué. Además, a partir Es lo que hay y del contacto con otros que escriben, he visto también otra cosa que me llama la atención, que es esta cosa de presentarse a uno mismo a partir de chistes. Pareciera que se trata de dejar en claro que en verdad el que escribe no es engreído ni pretensioso ni se las da de escritor serio, que no responde al modelo de lo que se supone que es ser escritor. Interpreto ese gesto, antes que como un signo de rebeldía, como una suerte de resguardo ante la posibilidad de una crítica. De alguna manera se está diciendo que, como uno no las va de escritor, no hay por qué enfrentarse a posibles juicios negativos. Sin embargo el que publica sabe bien que se expone, que deja su texto a consideración de los lectores, y el lector tiene derecho a exigir de alguien que publica un libro la obra de un escritor, y si no la hay, tiene derecho a señalarlo. No digo que haya que descalificar ni actuar de mala fe, digo que tiene que haber un intercambio honesto entre artista y público. No me imagino a Lisandro Alonso o a Mariano Llinás bromeando sobre su trayectoria, no los imagino negando su formación, sus estudios, sus experiencias estéticas, sus influencias. Cuando voy al cine quiero ver una buena película, voy con el supuesto de que el artista está dando lo mejor de sí y no pensando que es alguien que se toma en broma el cine (y al espectador); cuando publico un cuento lo hago porque creo que vale la pena que alguien lo lea, porque me esforcé para hacerlo, porque la escritura me importa y los lectores me importan. Todos esperamos que lo que damos a conocer sea valorado, todos queremos destacarnos, pero hay que ser honesto. Es muy infantil eso de publicar dejando entrever que al fin de cuentas uno no es un escritor “de verdad”. A lo mejor estoy errado, a lo mejor se trata de una herencia de ese espíritu lúdico de las vanguardias, tal vez se trata de la irreverencia propia de la juventud, de un aire de época que no entiendo, no sé. Me inclino a pensar que si uno no quiere mostrar un curriculum que suene pretenciosos no debe poner nada, y si no le importa figurar y le da asco el mundillo de la literatura, tan lleno de divas y divos, para qué permanecer ahí, para qué publicar. Hay tantos artistas de verdad que viven al margen de todo eso… Bueno, no la alargo más. Te digo únicamente que, como te habrás dado cuenta, entré a tu blog y seguí algunas recomendaciones que te agradezco mucho. El cuento “Disfruta de la felicidad eterna” que sale en Es lo que hay necesitaría de otra carta. A ése sí que lo disfruté y podría afirmar cosas que me parecen destacables. Creo que está muy bien manejado el tema de esa normalidad siniestra por la que se desliza la familia, creo que el título es una ironía formidable, que la decisión de utilizar un narrador impasible acentúa el drama del tío Máximo y le da un carácter irreversible a su condición. No hay nada que hacer, estamos perdidos, parece decir tu cuento, pero todo sucede en un decorado lleno de luces y colores y eso lo hace más terrible todavía. Por alguna razón el cuento me hizo pensar en la familia Samsa, sólo que da la impresión de que todas las familias han llegado a ser como ésa. Un abrazo. Pablo Dema Rocamora: un poema de Alejo CarbonellRocamora
cuando hela sobre barro, llueve
Vaca Bevacqua
El cementerio es la tranquera y ahora que lo dejamos atrás vemos como se despereza lo que queda dentro de la comarca - la ventanilla empapada la cortina bordó como nosotros más oscura por dentro- la calle ancha anaranjada por el sol tocando la fronda todavía. En la terminal no hay remises y lo sabía antes de abandonar el estribo ahora que vivo en una ciudad que la lluvia no cubre completamente puedo jactarme de conocer estas verdades inservibles rocamora una palabra compuesta que a mitad de recorrido se hace peatonal derecho nomás hasta ver el puerto en un rato abren los negocios. Una mujer sacude palmeras y recoge el yatay que se desprende tiene dos perros una pollera de jean larga y ojos europeos que escrutan con vergüenza a la derecha el banco: no parece pero siempre estuvo ahí. Los ochenta transcurrieron en tres bares lo morend y lo filipini sobre rocamora y el bandera verde que no necesitaba dirección en este boliche se comía de parado al lado de la parrilla el camboyano recibió una mano que le llenó de lechuga la oreja y se suspendió la pelea el bocha le sacaba las tiras verdes con un trapo: “perdoná loco, tenía tanto hambre que no solté el sanguche” al lado está el pelotero pero antes en este terreno había canchas de paddle y antes vivió lópez jordán. En urquiza y rocamora - veníamos por rocamora, pero se nombra primero a urquiza no por chauvinismo, sino por elegancia- de impecable blanco frigorífico ríos lee el diario con sus gruesos lentes y sus gruesos bigotes a mitad de cuadra pintaron un mural con la cara del chilo zaragoza y es justo exigirles que a partir de ahora esta historia que baja una línea cada cuatro o cinco palabras sea leída con ese fondo de pantalla pudiendo omitir si lo desean el nombre del diario que está hojeando nuestro héroe. Cruza una señora con un paquete bajo el brazo a los siete años estuvo toda una tarde subida a un árbol del chaco con un jabalí paciente debajo nerviosa a los nueve en la estación de trenes de santa fe esperaba a su tía con un tapado rosa para que la reconociera a los diez se subía a un banquito en la heladería para llegar hasta los tachos y lavarlos a los veinticinco con un palo enfrentó a los tacuara en la calle y golpeó a un hombre el hombre era su padre. Ella es mi madre. Mi madre es un libro mi padre es un libro juntos son un almuerzo o las vacaciones en tanti. Pasa una bicicleta rumbo a los barrios del balneario la cámara seguirá su recorrido primero con un plano de las ojotas celestes - muy pocos logran un movimiento circular perfecto al pedalear sin producir un accidente, leve, cuando el tobillo arriba se esfuerza- y el dobladillo del jogging el ruido no viene de la cadena sino de una tira de plástico que toca los rayos: un cencerro de mi ju acompañando al baqueano. Luego, en una toma en movimiento hacia atrás los cabellos teñidos la bolsa de los mandados con la cuchara nueva para que el albañil de la casa termine la pieza donde irá el piano hace cien años que la familia canta antes frotando la mugre contra las piedras del río canta el albañil y canta la peluquera y la casa se modifica todo el tiempo. En la esquina de la plaza hay un pingüino despintado de lata invitando a tomar helados y sólo la sorpresa lo hace atractivo. Otra vez urquiza y rocamora ríos ya se fue al mercado queda la serpiente roja alcanzada a medias por el sol - paraavalanchas guardaganado - sin bicicletas todavía. No voy rápido: las cuadras tienen setenta metros. El umbandismo es barrial y gusta del agua por eso en donde estaban los cines hay salones pero no iglesias. Empiezo ahora porque falta poco Los panaderos anarquistas se reunían en el despertar obrero: hubo huesos dentro de ese horno. También hubo biblioteca Villafañe donó libros que Calveyra leyó con la luz de la mañana. El obrero no despertó. Los libros fueron donados a una escuela y quemados en los noventa porque ocupaban lugar. Acá acá estaba el despertar en el horno encontraron huesos humanos pero las cenizas de los libros estaban en Vamos hacia el este aún queda una pequeña loma para ver el río un horizonte al alcance de la mano en este salón el vino se tomaba con una soda de burbujas gruesas los viejos del asilo cagaban alegremente al gurí del kiosco con el vuelto y una vez le hicieron comer el papel con la quiniela clandestina al grito de policía. Ni bar ni viejos ni bochas ni asilo ni quiniela apenas el empleado del kiosco los domingos da vueltas a la plaza el asiento de atrás lleno de hijos su mujer era preciosa digo era todavía vive. En los porros adolescentes creíamos ver un anillo de saturno entrerriano: el horizonte cerca y un poco más arriba una manga de metal gris por donde el granero despachaba al mundo pero eran noches en que caminábamos sobre el vapor del frío discutiendo ideas “un hombre es una idea” decía huguito y el camboyano como una sentencia completaba “y también una bala”. Alejo Carbonell, Concepción del Uruguay, Entre Ríos, 1972. Este poema da título al libro publicado por Ediciones Recovecos, Córdoba, 2008 Selección de Poemas de César Cantoni (La Plata, 1951)TULIPAS Aún mojadas por la lluvia de ayer, las tulipas atraen la mirada hacia el jardín. Son un gesto carnal, un testimonio inequívoco del mundo en la luz que las envuelve. Pero el observador no cede frente al triunfo de lo real: el ojo se vuelve inquisidor en busca de respuestas y la imaginación engendra monstruos que se evaden del cuadro. Las tulipas, en tanto, no preguntan por qué, para qué. Simplemente se alzan como airosas cabezas hacia el sol, confiadas a su sola razón de ser tulipas. NOTAS PARA UNA POSIBLE ARTE POÉTICA La palabra es ambigua. El ser, contradictorio. Lo real, insondable. La verdad, esquiva. Toda interpretación, errónea. César Cantoni De El triunfo de lo real, MEDICALGRAF, 27.04.05 Soy el eterno perdedor. Perdí el empleo, la gorra y la paciencia. Cada vez que aposté a un caballo, se mancó en la largada. Mi número de la suerte no es nunca el elegido. Y hasta en el juego del amor mi corazón trabaja a pérdida. De buena gana, me arrojaría ahora bajo el tren de las nueve y treinta y uno que viene de Tolosa, pero temo que no pase a horario. (Soy el eterno perdedor) 02.05.05 No eras mi tipo, como se dice, pero, de haber podido, te hubiera regalado los jardines colgantes de Babilonia, aquella noche, en la desolación de un parador de ómnibus, en medio de la ruta, mientras esperábamos rehacer la marcha que nos devolvería a y el verano se apagaba sin gloria. (Epílogo para un viaje de vacaciones) 10.05.05 Si nada es gratuito me animo a decir que ese puntito negro, esa pequeña deyección de mosca en la testa brillante –magníficamente tonsurada- del santo de yeso que está sobre la cómoda, es una crítica a la fe iconoclasta de la casa. (Si nada es gratuito) 24.06.05 Ayer vino mi madre muerta a visitarme. Vino vestida de entrecasa, con su gastado delantal a cuadros, que colgaba de un gancho en la cocina. No preguntó por nada ni por nadie. Simplemente, quería saber si todo se encontraba en orden: las camas tendidas, los cuartos ventilados, las plantas podadas y con agua… De paso, me recordó que la felicidad no dura, que el amor es triste y duele demasiado Y que, al final, sólo queda arreglárselas como se puede. También me dijo que no comiera dulces y, sobre todo, que me cuidara del invierno, que, en invierno, el viento suele ser traicionero en las esquinas. Después, cuando la tarde agonizaba, salió a la calle, saludó a los vecinos como de costumbre y se fue con su escolta de ángeles indulgentes. Sí, ayer vino mi madre a visitarme. (Ayer vino mi madre) 14.07.05 Pues bien, éste es el mundo conocido y no hay prueba de otro por ahora. Los aviones se estrellan, los barcos naufragan, los trenes descarrilan… En la guerra, en medio de un sismo, en el quirófano, la gente agoniza lastimosamente o muere de golpe sin explicación. Esta mañana, para ser preciso, un camión, que llevaba hortalizas, atropelló a la perra del diariero y le rompió una pata, sumándole un nuevo dolor al devenir. Si yo fuera católico, diría que el Supremo sabe lo que hace y no jaquearía al dogma con preguntas. Está claro. Pero he aquí que, en el fondo, sigo siendo un niño y aún conservo la manía inquisidora de abrirles la panza a los juguetes. (Éste es el mundo) 26.07.05 1. A unos se les revela a otros, el Demonio. A mí se me reveló Soy el nuevo gurú del siglo XXI y hablo en nombre de lo que no es. 2. Creo en el tiempo infinito, no en la eternidad; en la inmortalidad del cuerpo, no del alma; en la resurrección de los muertos, pero sólo en este mundo. 3. Mi dios me recuerda que soy inmortal; el carro fúnebre del tiempo que voy a morir. 4. No pediré perdón, no seré absuelto, no levitaré tras la muerte, no reencarnaré en mi cuerpo ni en otro, no resucitaré en lugar alguno. Simplemente me despediré de ustedes, convencido de que no volveremos a encontrarnos. (Breviario de herejías) 07.08.05 Desolada y sin luz, como una cosa más tirada a la vereda, entre latas de cervezas vacías y preservativos, asoma la mañana; esta mañana propia de domingo, mientras todos duermen a sus anchas y el diariero pasa por debajo de las puertas las sórdidas crónicas del día. (Desolada y sin luz) 12.09.05 No escribía al dictado del corazón, sino del hígado cirroso. No escribía para los hombres satisfechos, sino para aquellos que sufren la quemadura de la vida. No escribía porque la poesía fuera capaz de redimir al mundo, sino porque estaba seguro de que no existe salvación. (Bukowski o le mal de vivre) 24.12.05 Un papá Noel sonríe al que lo mira desde el escaparate reluciente de una casa de regalos. Con espíritu celebrante, la gente se agolpa por la calle, cargada de paquetes. Sólo los perros, que duermen plácidamente en la vereda, permanecen ajenos al rito navideño. La noche va cayendo ahora y el cielo se puebla de bíblicas señales. Entre el culto pagano y la fe cristiana, la cruel realidad de los chicos que mendigan sigue reclamando un redentor. (Crónica de Nochebuena) 16.03.06 Nunca pude recordar el nombre de los coleópteros, de los montes volcánicos, de los ciclones. Últimamente, he olvidado el nombre de algunas mujeres, de muchos libros, de ciertas disciplinas. De a poco, ve voy quedando con las palabras justas, las que aún son capaces de nombrar la tragedia o los sueños, mientras la realidad se adueña de lenguajes cada vez más inútiles. (Nunca pude recordar el nombre) César Cantoni De Diario de paso, Hespérides, Cuando lo joven puede ser nuevo. A propósito de una antología de reciente publicación
01:09 AM, 20/5/2009
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I. Hacia el final del texto que introduce Es lo que hay. Antología de la joven narrativa en Córdoba, Lilia Lardone (quien, además del prólogo, realizó la selección de los trabajos) afirma: “En síntesis, este libro presenta veinticuatro autores / veinticuatro textos y conforma un campo avasallante, si se tiene en cuenta la producción histórica en la provincia.”[1] El adjetivo avasallante parece destacar que en la actualidad, en la provincia de Córdoba, y en contraste con otros tiempos, el campo literario cuenta, entre sus actores, a una enorme cantidad de narradores jóvenes. Hay, no obstante, una diferencia de género que Lardone señala con más curiosidad que desazón: si los varones encaminan su escritura por los rumbos del relato las congéneres de sexo femenino prefieren, sobre todo, la poesía[2]; de allí que de los 24 textos seleccionados, sólo dos pertenezcan a mujeres. Son muchos los escritores que, nacidos después de 1976 –ése es el indicador cronológico que la antología usa como instrumento de recorte y selección-, se dedican a la narrativa y que han encontrado en Córdoba el ámbito favorable para descubrir el oficio, perfeccionar sus herramientas básicas y darse a conocer como narradores. Porque si bien varios de ellos han nacido en otras provincias de la Argentina[3] y residido en diversos lugares del mundo, es en Córdoba capital donde han cursado estudios de nivel superior, asistido a talleres literarios, participado de publicaciones colectivas y desempeñado tareas vinculadas, más o menos directamente, con la práctica de la escritura (en especial, el periodismo gráfico). Casi todos se han hecho narradores en la capital de nuestra provincia, con independencia de que sus partidas de nacimiento hayan sido confeccionadas en Capital Federal, Buenos Aires, Salta o San Luis. Me detengo en este aspecto, que puede parecer ocasional o supletorio, o de un interés si se quiere sociológico, porque, a mi criterio, esta antología muestra que en Córdoba existe un campo literario muy activo, sobre todo en lo que concierne a su franja “emergente”: una narrativa nueva está escribiéndose, desde hace más o menos una década, y sus alcances no se limitan a la capital sino que se extienden a la provincia toda. Es lo que hay tiene (y éste es un factor que celebro con entusiasmo) un carácter voluntariamente provincial, por eso admite la presencia de varios narradores que son oriundos de diferentes localidades cordobesas: San Francisco, Arroyito, Villa Carlos Paz, Marcos Juárez, LasVarillas, General Cabrera y Río Cuarto. Me llama la atención y, a la vez, me enorgullece que Es lo que hay incorpore las narraciones de cuatro autores cuyo curriculum vitae reconoce cierta ligazón con Río Cuarto. Un par de ellos es nativo de la ciudad: Diego Bermani (1981) y Ramiro Pros (1986); y los otros los dos, Pablo Dema (General Cabrera, 1979) y Marcelo Díaz (Villa Mercedes, 1981), residen en la misma. A continuación, comentaré brevemente sus textos. II. Ramiro Pros filia su literatura con poéticas que se han vuelto residuales: Alfred Jarry, Eugene Ionesco, Macedonio y Cortázar (para nombrar a sus exponentes más obvios) son algunas de las influencias que el autor reconoce y de las que su escritura se apropia sin angustias, con un desenfado que resulta en un anacronismo tan inaudito como explosivo. En el marco de esas coordenadas puede leerse “Surrealistas en mi monoambiente”, la contribución de Pros a la antología. Un narrador autobiográfico recibe las visitas inesperadas de las figuras más conspicuas del surrealismo. Breton, Eluard, Aragon, Soupault, Man Ray, Dalí, Magritte y Artaud invaden su pequeño departamento. Después de permanecer un rato al resguardo de la lluvia, el presunto motivo que los ha impulsado a refugiarse en el monoambiente, todos se retiran al unísono y Magritte se lleva la reproducción de una de sus obras que cubría la mancha de humedad que va ocupando una de las paredes del departamentito para certificar su autenticidad. Imposibilitado de obtener una respuesta razonable acerca de la presencia de los extraños visitantes (que han muerto largo tiempo atrás), el narrador se queda contemplando la húmeda aureola que ya cubre toda la pared, y dice: “En fin, eso es lo que pasó con el póster que me regalaste, mirá qué mala suerte.”. Hay algo extraño, original y lúcido que se da leer en este texto cuasi teatral (en el que predominan los diálogos punzantes y las situaciones absurdas): la irrupción, inesperada y más bien cómica, del arte en lo cotidiano, una intrusión de lo transgresivo que pone en duda las imitaciones (el póster) y que parece decir que lo cotidiano e inmediato pertenece al orden del simulacro y de lo instrumental (una auténtica obra de arte no puede ser un objeto subsumido en la función de ocultar una mancha de humedad). Poderoso regreso de la vanguardia que adquiere, en “Surrealistas en mi monoambiente”, la forma incómoda de una parábola absurda y fugaz. Igualmente anacrónica -en el sentido de lo inactual, de lo que se resiste con soltura y se coloca en una posición excéntrica con respecto a las modas literarias vigentes, siguiendo un impulso propio, personal- es la propuesta de Bermani. En “El milagro”, un cerdo toma la palabra para contar su embelesamiento con una perla que se desprende, por accidente, del collar de una niña que pasa llorando al costado de un chiquero. Una perla cae al barro, el hábitat del cerdo, y éste descubre, observándola, que ella activa su sensibilidad, potencia sus emociones. Brutal epifanía, parábola bizarra –típica del autor, dicho sea de paso. Kafkiano al extremo, Bermani pone en boca de un cerdo el relato de una alegoría desgarradora acerca de la experiencia estética. Nos hace oír y ver que la belleza puede alcanzar y apoderarse de cualquier tipo de vida. Después de haber admirado a la perla, el cerdo no le tiene miedo a su muerte cruenta y segura. El prodigio de la belleza lo ha vuelto demasiado humano. Con precisión cronométrica, sutiles cambios de punto de vista y elipsis delicadísimas, Pablo Dema narra, en “El hijo”, el reencuentro entre un padre y su único descendiente. Después un tiempo prolongado, dos hombres vuelven a encontrarse, esta vez en el pasillo de una clínica donde está internada, en la sala de terapia intensiva, una mujer. Maestro incomparable de lo que se sugiere, de lo que se da entender sin redundancias ni subrayados, Dema va relevando, pausada y gradualmente, los vínculos sanguíneos que comparten los tres personajes de la historia. En “El hijo” predominan la notación puntillosa de las percepciones (en este caso olfativas) y el despliegue moroso del tiempo de la narración. Una suerte de realismo receloso de las convenciones miméticas, y atento, en cambio, a las mudanzas del punto de vista y al ensamblaje de la trama que, a pesar de su rigor, escapa a los mecanismos previsibles del cuento como género. Un recelo semejante a la ideología de que el lenguaje puede reproducir pasivamente el mundo y la escritura ser una imitación cabal de la vida, exenta de mediaciones e interferencias, se destaca en “Lluvia”, relato que lleva la firma de Marcelo Díaz. El narrador en primera persona da cuenta de una curiosa historia de amor que lo tiene, junto a Melisa, como su protagonista central. El efecto de extrañeza que produce “Lluvia” en el lector, tal vez lo expliquen la difuminación casi fantástica de los anclajes referenciales, el montaje de episodios discontinuos, los abruptos saltos en el espacio y en el tiempo y la no menos sorpresiva paradoja de que, en “Lluvia”, para sus personajes al menos, el amor funciona como una lengua impropia, hecha de alejamientos, interrupciones y malentendidos. III. Lo interesante (al menos para mí, claro) es que Bermani, Dema y Díaz están escribiendo sus ficciones en y desde Río Cuarto[4]. ¿Qué importancia cobra esta situación? ¿Qué se da a leer en o a través de la misma? Que, por un lado, los tres pueden escribir a cierta distancia de Córdoba, al margen de los circuitos y las instancias de legitimación capitalinos, en un enclave prioritaria (aunque no exclusivamente) local. Y que, por otro lado, este distanciamiento –que no se mide en kilómetros- se traduce en decisiones de escritura que, si bien les permiten reconocerse como parte de una comunidad imaginaria, de una fratría múltiple y heterogénea, también los distingue y singulariza en tanto que narradores. No quiero (por favor) que se entienda este tramo del comentario como una defensa o una exaltación localista y, por lo tanto, mezquina a favor de la narrativa de Díaz, Dema y Bermani que opera, a la vez, y de un modo sibilino, como un ataque malicioso al resto de los participantes de Es lo que hay. No. Hice mi antología de la antología de Lardone, y mis preferencias establecieron este orden de mérito. Aquí va la nómina de autores: Hugo H. Rabbia, Emanuel Rodríguez, Javier Quintá, Federico Falco, Luciano Lamberti, Santiago Ramírez, Mariano Barbieri, Pablo Natale y Juan Cruz Taborda Varela. IV. Si de verdad hay una tendencia narrativa emergente en Córdoba, y si lo que está emergiendo es verdaderamente nuevo, habría que detenerse en la razón de ser de esta novedad, en los motivos de su procedencia. No alcanza, para conceptualizar lo presuntamente novedoso de esta literatura que está abriéndose camino, con remitirse a los datos que provee el calendario, a una temática familiar o a una visión del mundo compartida. Habría que examinar más de cerca la factura singular de cada texto. Habría que preguntarse si, entre lo estrictamente individual de la escritura de cada uno de los autores elegidos y la situación generalizada por sus edades (que encuentra en 1976 una fecha tope), no es posible introducir otras mediaciones, marcar otras líneas de pertenencia y otras modalidades de agrupamiento. ¿No hay –me pregunto- en la joven narrativa que se escribe actualmente en Córdoba un orden residual, un orden dominante y un orden emergente (un resto de tradición o clasicismo, una tendencia más o menos hegemónica y una aparición de lo nuevo)? Tal vez sin proponérselo, Lardone ofrece una respuesta a mis conjeturas. Cito el párrafo final del prólogo: “Es lo que hay, y la expresión se despoja por completo de cualquier connotación peyorativa, para transformarse en un colectivo fuertemente marcado por el tono de una época. Son los autores que tenemos, y reflejan el mundo que tenemos. Ni el fin de la historia, ni el fin de las utopías, ni el fin de nada. Sólo muchos comienzos, maneras distintas de develar dobleces de una realidad esquiva, cada vez más desafiante y enmarañada, con una lucidez sin claudicaciones. Como para comprobar que una vez más que el arte se penetra de realidad y la devuelve enriquecida.” Enérgica y celebrante, Lardone nada dice acerca de lo inaugural de los “muchos comienzos”, ni de lo propiamente irreductible de las “maneras distintas”, y mucho nos dice sobre su posición de lectura: los autores de Es lo que hay “reflejan el mundo”, develan la realidad, la transfiguran y enriquecen. ¿Cómo no leer en la perspectiva que la prologuista adoptó para exponer los corolarios de su compilación, una sinopsis y, asimismo, una apología de los presupuestos ideológicos y artísticos del realismo? ¿Será, entonces, que lo que comienza, lo que está emergiendo en Córdoba, de la mano de la joven narrativa, consiste en una puesta al día de la estética realista, una prolongación y un retorno aggiornado (al tono circunspecto y descreído de la época) del realismo literario? ¿Será un realismo, que diverge y burla las ilusiones terminales de las filosofías post y de las estéticas que postulan el fin del arte, el régimen literario que domina y se impone en la joven literatura que se escribe hoy, en la provincia de Córdoba? V. La imaginación desmesurada (a veces esperpéntica, otras lírica) de Bermani, el realismo exquisitamente lúcido (que se sabe artificio, caligrafía puntillosa, urdimbre de signos que confirman la abismal distancia que separa a las palabras de las cosas) de Dema, la creación de un relato que sospecha de continuo de sus condiciones de producción (y se muestra inestable, provisorio e incompleto) de Díaz, son más que meros agregados estadísticos, zonas indiferenciadas que la topografía de Es lo que hay releva con prolija urbanidad. Son señales auspiciosas de que existen territorios indómitos, áreas liberadas y autónomas con respecto al régimen que imponen los postulados canónicos del realismo. Señales de que lo joven también puede ser nuevo. Y -es justo reconocerlo- Es lo que hay dispone, generosa, hospitalariamente, de un lugar para estos otros modos de intentar lo nuevo. José Di Marco [1] Es lo que hay. Antología de la joven narrativa en Córdoba. Selección y prólogo de Lila Lardone, Babel Editorial, Córdoba, 2009, 290 páginas. [2] En el “Prólogo” a 10 bajistas. Antología de la nueva narrativa cordobesa (Eduvim, Villa María, 2009), Alejo Carbonell también nota de esta situación coincidiendo con Lardone: “Una aclaración final: la ausencia del género femenino entre los autores no se debe a una elección machista o a un descuido grosero. La cantidad y calidad de jóvenes mujeres poetas de la región contrasta notablemente con el desierto en que se encuentra la producción de narrativa, al menos en autoras que hayan adquirido cierta visibilidad y solidez en su obra.” [3] Esta antología incluye, por ejemplo, a un autor nacido en Capital Federal, a otro nativo de Campamento Vespucio (provincia de Salta), a un tercero autóctono de Luján (Buenos Aires) y a un cuarto natural de Villa Mercedes (San Luis). [4] Artista versátil (además de escribir literatura, es músico y actor) y polígrafo múltiple (narrador, poeta, dramaturgo, guionista), Ramiro Pros vive desde hace varios años en Córdoba capital, y es allí donde su escritura ha encontrado un espacio de consolidación, recepción y circulación. Poemas de María ReineriConfusiones
Como un cumpleaños sin globos así se nos pasó la vida sintiendo que siempre faltó algo para que el festejo fuera completo a veces un regalo a veces el motivo. Como una madre que no da besos así se nos fueron los años sintiendo que debíamos llevar sobre la piel el calor de cierto gesto. Ignorando cuál debía ser. Extrañando con las mejillas un ardor que nunca supimos. Como un padre que no da consejos así fuimos caminando haciendo lo que se pudo siguiendo cualquier voz creyendo ver a trasluz confundiendo el cariño con algo más pequeño cada vez.- Fabricio. 2 de febrero de 1970.
Flavia, 2 de febrero de 1971.
Primer año
Tu primer año
no fue tu primer cumpleaños,
fue el nacimiento de ella. -por repetición del error o por resarcimiento- la cronometría de la cigüeña fue exacta. Y ese día, anduviste como bola sin manija casa por casa - brazo por brazo de las vecinas gordas de la cuadra. Mientras mamá acomodaba su cuerpo en el hospital papá fumaba el décimo 43/70 y hacía cálculos -menos exactos que los del ave- para llegar a fin de mes, sumando la nafta y los puchos. Era febrero y en ese pueblo había mucha tierra. Estabas en cueritos y hacías cosas que un niño haría con su primer año: Ensayar algunos pasos. Balbucear fonemas para nombrar la familia. Moquear los juguetes. Señalar cosas que nadie entiende-que nadie ve. Cierto pájaro cruzando el cielo. Volvieron a la tarde siguiente. Las viejas te habían sacado a la vereda. Papá se bajó del auto, agradeció a la doña numero 5. Te subieron. “Mirá lo que trajimos. Saludá a tu hermana.” Del suceso no se registran fotografías ni actos declarativos. Te quedaste mirando algo que nadie veía. -un pájaro es algo que se va- aún no era tu edad de preguntar por qué.- Nací en 1980. Hubo fotos. Feliz Cumpleaños
De mis cumpleaños sí hay fotos.
No muchas-pero hay:
a colores
con ángulos redondeados
pegadas en cartulinas verdes. - y esa sensación de que alguien quiso preservarlas - En las del primer año tengo gesto de desconcierto. La mirada busca más allá del plano, a esos que no estaban, que estaban trabajando. Fueron tomadas por maestras de la guardería. Estaba rodeada por niños con rostros que ya no existen. ¿Cuenta como real una foto de cumpleaños festejado con extraños? Pero también hay otras. Estoy contenta en ellas. Haciendo sonrisa con mi nueva edad. Los ojos vivos. El rostro nuevo. Se me ve el corazón. Pero la conciencia me enciende de nuevo las velas. ¿Puede sostenerse la alegría de tenerlas si con cada una se hace más negro el velo que cubre el rostro hermoso y lejano de mis hermanos pequeñitos, caritas sólo vistas por gente que no quiere recordar, niños perdidos en los ojos siempre cerrados del tiempo? Ver mis fotos de cumpleaños, también tiene eso. Un peso que hace temblar las manos, porque también hay que levantar con ellas 10 años de infancia mendigada por hermanos que aún necesitan recibir el tesoro que te dan cuando sos niño. ¡Feliz cumpleaños¡ ¡Aquí no ha pasado nada! Como si fuera liviano saber que mi vida se gestó en la grieta donde madura el aguijón que prometieron sacarse con sus propios hijos. ¡Feliz cumpleaños¡ ¡Te tocó a vos! Como una bandera rosa me elevo en esas fotos. Las manos de él subiendo mi cuerpo desde abajo de la mesa. El grito de ella pidiéndome que ría, su dedo en el obturador. Me regalaron mi mejor rostro de niña. Voy a verme en cada foto la risa menos rota. Voy a tratar de sentir belleza en su deseo inocente de estar en mi lugar.- Nunca supo peinarme. Yo tampoco. Trenzas “Ser mujer no me obliga al rosa, al corazoncito, a la cintita con moños...” pensaba pero las trenzas se hacían casi solas y se le metían las cintas y se anudaban los moños y me ajustabas fuerte para que no se me escapara el rosa. Me ponías de hebilla un corazón! toda esa maraña sólo para que el rosa fuera más rosa y la nena más nena paraquemásrosa porquecorazón No te culpo lo hacías sin saber que el rosa es un color que hace más triste lo triste que las cintas también atan flores muertas que entre las dos el corazón es un poco de carne que se mueve sin ninguna dulzura.- Antes de conseguir nueva niñera
Por las tardes estaba al cuidado de papá.
Talleres
De taller en taller íbamos cada tarde.
Durante un par de años nuestra relación
fue eso:
vos me cuidabas de
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